Lamentos de un semáforo


 Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste? Salís de tu casa, por Arenales. Lo de siempre: en la calle y en vos. . . Cuando, de repente, de atrás de un árbol, me aparezco yo...


Vos no me ves. En cambio yo, siempre te observo cuando llegás y te digo adiós cada vez que te vas. Si pudiera poner una alfombra roja para que apoyés tus pies en ella cuando estás a mi lado, no te quepa duda que lo haría. Eso es lo que más lamento de esta situación; cómo desearía que te quedés conmigo por siempre; cómo desearía abrazarte; cómo desearía poder hacer tantas cosas...  El frío está por llegar nuevamente y seguís aquí, desde el ocaso hasta el amanecer. Y yo pienso si alguna vez te irás para siempre. Pero espero que no. Me pregunto si no existe un mago que te haga feliz, pero me doy cuenta que existen muchos hombres que sigues sin que ellos te den siquiera una sonrisa de amor. En cambio, vos fingís siempre esa sonrisa de amor y dolor como algo natural. Esto es así, dijiste cierto día que estabas apoyada sobre mi cuerpo. Ese día lloré mucho, perdoná que te lo diga así pero, ese día quise desaparecer. No se por qué no lo hice, me parece que mi trabajo permitió que siguiera adelante.

 —Arrabalera vieja —sentí que te gritaron. Luz verde di a su insulto, no te preocupes mi vida, nunca más sucederá. Lo hice por nosotros. 

Cuántas veces tuve ganas de decirte:   —Salgamos a volar, querida mía; subite a mi ilusión súper-sport, y vamos a correr por las cornisas ¡con una golondrina en el motor!  Pero maldigo al que me ubicó aquí y me pintó del color del sol con una mancha negra sobre mi cuerpo. Además nunca se preocupó por mí, ni siquiera sabe si estoy vivo, nunca me vino a ver. Dejó que los árboles crezcan a mi lado. Claro, total a mi nadie me ve, nadie me respeta.

Perdoná querida que me fui de mi confesión y la utilicé para desquitarme con esa persona que me trajo a tu lado. Nadie cambia de estación parece, todos en los mismos lugares. ¿A dónde vas a escapar? Vemos al tiempo pasar y vamos perdiendo la noción de todo. Debes tener impregnado en tu mente el día en que viniste aquí. Cómo lo lamentas ¿no es cierto?

 ¿Qué te pasa querida hoy? Estás muy triste; hablame por favor, que me falta el aire si no está tu voz en esta esquina. No, no te vayas mi vida, decime qué sucede en tu interior. No, por favor, no te vayas. No subas, dime antes qué te pasa. 

La amargura del sueño que muere de a poco si nadie se recuesta sobre mi cuerpo como vos. Nadie puede ocupar tu lugar. Cariño por qué no retornas, ya es hora. La noche está fría. Los adoquines de la calle están cubiertos por una escarcha fina, por eso me da impresión cuando te veo llegar con esa pollera tan corta y tus remeras diminutas. No creo que esas botas que llevas puesta te cubran del frío en invierno. Espero tu vuelta desesperado cada vez que te vas. Pero... allí vienes. Sí, sos vos. Oh... vida mía, estás de regreso. Por fin, ya no sabía qué pensar viste... Me diste un susto grande. Pero esperá, ¿por qué llorás? No te sientes en el piso que está muy frío y te va a hacer mal; no llores así, por favor. Mi vida, sale sangre de tu rostro, qué pasa. No me voy a enojar, pero contame. Esa gente con la que siempre vas aunque te estés muriendo aplauden porque no conocen tu dolor. Yo te conozco bien, dejame que sea el pañuelo rojo que cubra tus heridas.

—No más —decís entre lamentos y te parás. Está bien, así me gusta, no llores. Pero otra vez te vas... nadie vino por ti mi vida. No, no te vayas, no me dejes que el día no amanece aún. Piensa en mí, no me dejes, falta mucho aún. ¿En esta noche me dejas solo? ¿Esta noche en la que más me necesitas?

 Te vas caminando por Arenales y vas desapareciendo entre las sombras, no queda más dentro mío por decirte, sólo que las luces que te iluminaban cada noche, se apagaron para siempre. Amor, nadie ocupará tu lugar.

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